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Empresas sustentables, ¿en qué consisten?

20 November, 2020

“Seamos buenos anfitriones de la Tierra que heredamos. Todos nosotros tenemos que compartir los ecosistemas frágiles de la Tierra y los recursos preciosos y cada uno de nosotros tiene un papel que desempeñar para preservarlos. Si vamos a seguir viviendo juntos en esta tierra, todos debemos ser responsables de ella.” Kofi Annan.

Luego de esta frase célebre del padre de la sustentabilidad empresaria definamos: ¿qué es la sustentabilidad? Es un término ligado a la acción del hombre en relación a su entorno. Dentro de la disciplina ecológica, la sustentabilidad se refiere a los sistemas biológicos que pueden conservar la diversidad y la productividad a lo largo del tiempo.

Ahora sí, retomemos lo que nos interesa ¿qué significa que una empresa lo sea? Significa que toma en cuenta múltiples aspectos que van desde la satisfacción y bienestar de sus empleados, la calidad de sus productos, el origen de sus insumos, hasta el impacto ambiental de sus actividades, sin dejar de lado el efecto que causan sus productos y desechos, es decir, el impacto social, político y económico que produce su actividad y su compromiso con el desarrollo social y económico de un país, tomando un compromiso a largo plazo con el planeta y con las futuras generaciones.

Antes de seguir con esta nota, nos gustaría dejarles algunos ejemplos asociaciones y movidas sustentables que a nosotros nos encantan. Algunas son: Sistema B, PAPA, Orsted, NotCo, Natura, Kuna, Auara, WWF y Dar Sentido.

Además buscan que la actividad de la compañía se realice en equilibrio entre lo económico, lo social y ambiental, creando valor, pero no en un sentido altruista o caritativo. Es de público conocimiento que todo negocio busca y tiene un interés económico, si la empresa adopta una forma de ser y actúa en sintonía con su alrededor, siendo consciente de los recursos y buscando impactar de manera directa en la vida de la sociedad y las comunidades, se verá beneficiado.

En el último tiempo los indicadores como los criterios ambientales y sociales cobraron fuerza para orientar a los negocios hacia una actuación responsable,

donde los inversores puedan gestionar mejor el riesgo al integrar estos factores, lo que a su vez, les permitirá una mejor salud financiera y “valer” más.

Debemos tener en cuenta algunas consideraciones:

Objetivos sociales claros

Impacto neutro o positivo en el medio ambiente y armoniosas relaciones con las comunidades son algunos de los objetivos de una empresa sustentable. Estos objetivos están bastante alejados de las típicas donaciones, implementación de proyectos de desarrollo, apoyos a Ong’s o campañas sociales; acciones que más pueden estar catalogadas dentro de lo que es una campaña comercial o una estrategia de marketing que de un real compromiso sustentable. Ser una empresa socialmente responsable es parte del negocio mismo; el retorno de su inversión debe ser medible y los objetivos deben de ser conocidos por todos los miembros de la organización, deben ser parte de su ADN.

Ser o no ser sustentable

De alguna u otra manera, el mercado y sus tendencias de consumo obligan a las empresas a adaptarse ante este cambio en la forma de hacer negocios. Aquellas organizaciones que no se adapten ante esta nueva realidad, simplemente desaparecerán. La sustentabilidad nace a partir de la globalización y del convencimiento de que no hay futuro ante el consumo desmesurado, la contaminación y el daño al medio ambiente. Las empresas no están aisladas, son parte de un ecosistema alineado y si no se adaptan a la tendencia de lo sustentable, sencillamente no podrán sobrevivir.

Cada día son más y más las empresas que adaptan sus procesos y servicios y los vuelven armónicos con el planeta. Las organizaciones trasnacionales más desarrolladas llevan la delantera y se van sumando las medianas y pequeñas. Convertir un negocio en sustentable hoy en día es una obligación si realmente se quiere trascender; los consumidores son los obligados a direccionar su consumo y preferencia hacia aquellas empresas que garanticen un respeto por el planeta, por sus recursos y por las generaciones actuales y venideras.

La sustentabilidad es una cuestión que debe transferirse de persona a persona. Debemos encargarnos de enseñar e invitar a tomar conciencia para generar una importancia en el desarrollo sustentable para que la humanidad no tenga que resignar su estilo de vida para cuidar al medioambiente.

En Argency, trabajamos con empresas B o que están interesadas en la sustentabilidad. Como CUMA, un vino 100% orgánico que cuida al planeta y concientiza una nueva forma de producir y consumir vinos. Timac Agro Argentina y Chile, empresas industriales que se especializan en acondicionadores de suelo, nutrición animal y vegetal para mejorar el rendimiento agrícola respetando el medio ambiente. Seña winery, un vino que se motiva por una filosofía sustentable que hace ya 7 años adoptó la agricultura biodinámica con el objetivo de reflejar un profundo y auténtico sentido de origen. Alto Quillay, un proyecto inmobiliario ubicado en un entorno ecológico donde ofrecen casas mediterráneas insertas en las naturaleza y amigables con el medio ambiente. Incluso nuestra agencia está construida con artefactos y métodos de construcción sustentables con los que pensó en cada detalle para estar ligados al tema y cambiar nuestros hábitos para construir un mundo más ecológico y responsable.

Y vos, ¿estás listo para tomar esta responsabilidad?

Fuentes: Credilikeme, La Tercera, Definición

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Encontrar el nombre de una marca es una de las partes más lindas —y más difíciles— del branding. Porque, al principio, todo es bastante abstracto. Hay una idea, un producto, una intuición, una oportunidad de negocio. Pero todavía no hay una identidad construida. No hay historia. No hay campañas. No hay clientes repitiendo ese nombre. No hay una góndola, una etiqueta, una web, una experiencia o una reputación que lo sostenga.

Hay apenas una palabra posible. Y una enorme expectativa puesta sobre ella.

En casi 20 años creando nombres para marcas, vinos, hoteles, restaurantes, desarrollos inmobiliarios, productos gastronómicos, proyectos digitales y compañías, aprendimos que el naming no consiste simplemente en “elegir un nombre”. Eso sería demasiado fácil. Y bastante engañoso.

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Es intentar ver, antes que los demás, qué mundo puede construir una marca. En qué territorio se va a mover. Qué atributos queremos que se activen cuando alguien la escuche. Qué sensación queremos que deje. Qué lugar puede ocupar en una categoría saturada. Qué conversación puede abrir.

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Antes de nombrar, hay que entender

Un buen nombre no nace de una lista de palabras ingeniosas. Nace de entender profundamente el problema.

Por eso, antes de nombrar, hay que investigar. La categoría, la competencia, el mercado, el consumidor, los códigos visuales y verbales, las oportunidades de diferenciación, las tensiones culturales, los objetivos comerciales y también los límites legales. En el vino, por ejemplo, donde la clase 33 está saturadísima, registrar un nombre puede ser casi un deporte extremo. Y cuando los caminos obvios ya están tomados, la creatividad deja de ser un lujo: se vuelve una necesidad.

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Por supuesto, están las reglas conocidas. Que el nombre sea recordable. Que sea fácil de pronunciar. Que sea preferentemente corto. Que tenga buena sonoridad. Que no genere asociaciones negativas. Que pueda convivir con un logo, una etiqueta, un dominio, una campaña. Incluso hay teorías sobre letras, vocales y percepciones: sonidos más fuertes, vocales abiertas, nombres más sólidos, más livianos, más masculinos, más femeninos, más expansivos.

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El nombre nunca está solo

Un nombre no es una pieza aislada. Un nombre nunca está solo. Es parte de una estrategia de posicionamiento que después deberán sostener el diseño, la comunicación, el marketing, la experiencia, la gestión comercial y, sobre todo, la calidad real del producto o servicio.

El nombre puede abrir la puerta. Pero la marca tiene que entrar caminando.

“El nombre puede abrir la puerta. Pero la marca tiene que entrar caminando.”

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Como ponerle nombre a un hijo

Hay una comparación que nos gusta mucho. Elegir un nombre para una marca se parece un poco a elegir el nombre de un hijo.

Cuando los padres cuentan cómo se va a llamar, puede pasar que a los demás les encante, les resulte raro o no les diga demasiado. Pero los padres ya imaginan algo. Ya proyectan una personalidad, una energía, una manera de ser. Para los demás todavía es solo un nombre. Para ellos, en cambio, ya empieza a haber alguien.

Con las marcas pasa lo mismo. Al principio, un nombre es frágil. Puede sonar extraño porque todavía no tiene vida. Pero si está bien pensado, si tiene dirección y si quienes lo eligen creen en él, empieza a crecer. Empieza a cargarse de sentido. La imagen lo viste. La comunicación le da voz. El producto lo confirma. El tiempo lo vuelve familiar. Y un día, eso que era una palabra abstracta empieza a sentirse inevitable. Un nombre no nace con todo su significado. Lo va ganando a medida que la marca demuestra quién es.

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Por eso es tan importante que quienes llevan adelante una marca estén convencidos del nombre. No alcanza con que al estudio, a la agencia o al consultor le parezca brillante. Lo tienen que poder decir los dueños. Lo tiene que poder defender el equipo comercial. Lo tiene que poder sostener marketing. Lo tiene que poder sentir propio quien va a invertir tiempo, dinero y energía en convertirlo en marca.

Si no hay apropiación interna, el nombre nace débil.

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No todos los nombres trabajan igual

También aprendimos que no todos los nombres tienen que hacer el mismo trabajo. Algunos necesitan vender rápido, ser directos, fáciles, casi inmediatos. Otros tienen que construir prestigio durante años. Algunos pertenecen a la base de una pirámide de productos y necesitan cercanía. Otros viven arriba, donde el consumidor acepta más sofisticación, más misterio, más capas.

No es lo mismo nombrar un vino de rotación que un vino ícono. Un restaurante de carnes maduradas que una software factory. Un hotel urbano con bodega propia que una tienda departamental para el hogar. Un proyecto inmobiliario premium que un vermut biodinámico. Cada caso pide una inteligencia distinta.

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Nombres que nacen de problemas distintos

En Argency lo vimos muchas veces.

Nuestro propio nombre nació de la unión entre Agency y Argentina, pero también de una resonancia con Argentum, la plata, lo que brilla. Con el tiempo, esa idea se volvió parte de nuestro ADN: hacer brillar marcas, potenciarlas, crearlas, acompañarlas en procesos de transformación. Argency no significó todo eso desde el primer día. Lo fue construyendo con trabajo, clientes, proyectos y presencia en distintos mercados.

También creamos nombres como Cultor, para un vino cuyo autor no podía darse a conocer; Quimerino, el second vin de Quimera, que toma como punto de partida la criatura mitológica con cabeza de león, vientre de cabra y cola de dragón para construir un nuevo símbolo dentro de la casa de los blends de Achaval Ferrer; y Tersus, del latín “pulcro”, pensado para vinos que cuidan cada detalle.

También desarrollamos nombres como Calizo, Albar y Carmín, nacidos de la lectura del suelo y de las distintas expresiones de la caliza; Masalto, para un vino de altura; Zonos, Block Austral y Block Boreal, dentro del universo vitivinícola; Astral, para un vermut de una bodega biodinámica, relacionado con la cosecha de hierbas según el calendario astral biodinámico; y Contraviento, para un aceto balsámico con carácter, territorio y una sonoridad potente.

En gastronomía, creamos Abrasado, para un restaurante de bodega especializado en carnes maduradas, un nombre que condensa brasa, asado, abrazo, fuego, hospitalidad y cultura argentina. También Bosco, para un restaurante ubicado en el parque, y Gulerie, para una cafetería y pastelería, nacido de la unión entre gula y pastelería.

En hotelería, creamos Hualta, para un hotel de Curio Collection by Hilton, vinculado a la altura y a una experiencia urbana con bodega propia. En retail, HomeBox, para una tienda departamental de objetos, muebles y soluciones para el hogar. En real estate, nombres como Civic, Torre Thays y Torres Cardinales, pensados para proyectos inmobiliarios con identidad urbana, arquitectónica y territorial. Y en tecnología, NonBugs, nuestra software factory, con esa promesa casi exagerada —y por eso memorable— de código limpio, prolijo, sin errores.

Son nombres distintos porque los problemas eran distintos. Y esa es, quizás, una de las conclusiones más importantes: no existe una fórmula única para nombrar. Existe una forma rigurosa de pensar.

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Cuando lo obvio ya no alcanza

En muchas categorías ya no alcanza con repetir los recursos de siempre. En el vino, por ejemplo, abundan los apellidos solemnes, los abuelos italianos, las historias familiares heroicas y los nombres que intentan sonar importantes. Pero el consumidor actual muchas veces percibe esa solemnidad como algo lejano, repetido o poco auténtico.

A veces, cuando todos quieren sonar históricos, lo más disruptivo es sonar simple. O cercano. O verdadero.

“Cuando todos quieren sonar históricos, a veces lo más disruptivo es sonar verdadero.”

Un buen nombre puede ahorrar tiempo. Puede ayudar a que el consumidor entienda más rápido. Puede ordenar el relato. Puede darle dirección al diseño. Puede hacer que una marca empiece varios pasos más adelante. Pero no hace magia solo.

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Método, intuición y sensibilidad

Hay método, sí. Hay investigación, estrategia, fonética, análisis legal y arquitectura de marca. Pero también hay intuición. Hay subjetividad. Hay corazonadas que conviene escuchar. Y hay sensibilidad para entender no solo qué nombre puede funcionar, sino qué nombre puede ser apropiado, sostenido y construido por quienes van a llevar esa marca adelante.

Porque al final, un nombre no es el final de una búsqueda creativa.

Es el comienzo de una construcción estratégica.

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Nombrar una marca no es simplemente decidir cómo se va a llamar.

Es imaginar en qué puede convertirse.

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